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Una Comunidad sin Barreras, Parte 7/7

Seccion 6: Tratando con las diferencias dentro de la comunidad: ejemplos de las cartas de Pablo

Mientras leemos las cartas de Pablo a las numerosas iglesias que él estableció, es claro que su deseo era que ellas estuvieran unidas y en paz en la fe de Jesucristo y en su vida cristiana. Es igualmente aparente, sin embargo, que cada una de sus cartas trata en mayor o menor grado con las diferencias y desacuerdos entre las comunidades cristianas. Pablo tenía que tratar con los malos entendidos acerca del evangelio, con misioneros que se oponían a la forma como Pablo predicaba el mensaje de Cristo, con varias distorsiones y contorciones del mensaje y aún con un desacuerdo substancial con sus compatriotas apostólicos tales como Bernabé y Pedro. 

En el proceso de lidiar con estas diferentes situaciones, Pablo tenía numerosas ocasiones para saber cómo tratar diferencias en creencia y en práctica dentro de la comunidad. Para ayudarles a pensar en éstos tópicos, voy a subrayar tres diferentes ejemplos de los pensamientos de Pablo y sus prácticas presentados en sus cartas. Estos tres no cubren todas las posibles gamas de problemas – por ejemplo, la situación descrita en 1 Cor 5 (crasa inmoralidad) o 2 de Corintios 10-12 (falsos apóstoles) o hechos 15 (concilio apostólico) – pero ellos ilustran algunos de los temas que se levantaron como producto de las diferencias entre los creyentes o cómo su libertad en Cristo y su preocupación uno por otro debería ser aplicada en las diferentes situaciones. 

En todas estas situaciones, Pablo trabajó desde una sola perspectiva de valores centrados en el evangelio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Pablo mostró su punto de vista bien claro en 1 Corintios 9:12 “sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo.” Para Pablo, lo más importante en una situación era que el evangelio de Cristo no tuviera ningún estorbo sino que llegara a la gente e hiciera efecto en sus vidas. El poder salvador del evangelio era importante para los que ya eran cristianos y para todos aquellos que aún no eran cristianos. Al enfocarse en los cristianos, Pablo hace énfasis que nada de lo que uno haga debe desbaratar o resistir el poder del evangelio en la vida de un hermano o hermana. Al enfocarse en los no cristianos, Pablo enfatiza que no se debe permitir que haya obstáculos en el mensaje de la cruz. El mensaje de un Mesías Crucificado era de por sí ya un obstáculo suficiente. Pablo no podía tolerar de sí mismo que él fuera encontrado añadiendo obstáculos que hicieran la difícil tarea de aceptar el evangelio aún más complicada. 

En sus cartas nosotros observamos a Pablo aplicando éstos valores en una variedad de situaciones que demandaban diferentes respuestas. En algunas situaciones él simplemente urgió a los Cristianos a reconocer que ellos eran diferentes el uno del otro y les mandó a practicar respeto mutuo. En otras ocasiones el urgió a Cristianos de fe más madura a sacrificar su libertad por causa del hermano débil. En otras ocasiones Pablo estuvo firme y sin ningún compromiso de forma que la libertad del grupo de creyentes fuera preservada. 

1. Respeto mutuo y aceptación de diferencias 

En Romanos 4:1-12, Pablo urge a los Cristianos en Roma a que acepten a la persona que es débil en la fe...pero no para contender sobre opiniones” (Romanos 14:1). El luego describe una situación en la que algunos Cristianos tenían fe la cual les permitía comer cualquier tipo de comida (inmunda/limpia; vegetales/carne; sacrificado a los ídolos/ no sacrificado a los ídolos). Otros comían vegetales debido a que su creencia les hacía pensar que algunas comidas (carnes) eran inmundas. El también describe otra situación en la cual algunos creyentes pensaban que un día debería ser honrado más que otro día mientras otros creyentes trataban todos los días como iguales. Aunque, al menos en materia de comida, Pablo se alineo con una de las partes (“yo sé, y confió en el señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es” Romanos 14:14), él sin embargo insistió que cada parte debería refrenarse de juzgar la otra parte debido a que cada creyente tendrá que dar cuentas al Señor por su propia vida. Nadie tiene el derecho de tomar el lugar de Dios y juzgar a un siervo de Dios. 

Pablo también reconoce que los dos lados pueden actuar bajo la misma motivación – es decir, el agradar al Señor – pero terminan con prácticas opuestas (Romanos 14:6). Pablo creyó que Dios valoraba la motivación más que lo correcto de sus prácticas particulares. “cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” los animó Pablo (Romanos 14:5). Los dos lados estaban expresando el señorío de Cristo en sus vidas por las cosas que ellos estaban haciendo, aunque eran opuestas la una de la otra (Romanos 14:7-9). Desde que cada uno iba a dar cuentas de sí mismo delante de Dios, otros creyentes no tenían derecho de tomar el lugar del Señor y pasarse juicio el uno al otro con desprecio (Romanos 14:10-12). 

El escenario que Pablo describe da la imagen de una respuesta madura a las diferencias de los dos lados, una respuesta que entiende el significado del hecho que cada una de nuestras vidas pertenece individualmente a Dios debido a la crucifixión de Cristo. Su cruz y su resurrección crean una relación particular entre El y el creyente individual que está más allá del juicio de cualquier humano y que no puede ser destruida por el juicio humano: “porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven (Romanos 14:9). Todos aquellos que siguen este primer modelo prescrito por Pablo, pueden convivir con diversidad de prácticas dentro de la comunidad sin divisiones y sin perder el respeto y el amor el uno por el otro. Esta opción requiere madurez de parte de los cristianos la cual les permite mirar más allá de las prácticas y de los argumentos a una más profunda motivación de devoción a Dios que puede ser la fuerza motriz detrás de tan diversas formas externas. 

La realidad es, sin embargo, que tal madurez intelectual y emocional fue (y aún es) ausente cuando de disputas entre Cristianos se trata. 

2. El fuerte cediendo su libertad personal en consideración de la salvación del débil. 

En ambos pasajes, 1 Corintios 8-10 y Romanos 14:13-15:3 Pablo trató con situaciones en las cuales las personas fuertes en la fe o maduros de conciencia (construida a través del conocimiento y experiencia de Dios), quienes eran capaces de actuar con una libertad considerable, podrían sin embargo no actuar en esa libertad en orden de ayudar a la persona que tenía una conciencia débil o carecía de fe. Otra vez el principio unificador – el valor de base para Pablo – era que el evangelio de la gracia de Dios y de la salvación en Jesucristo tiene que alcanzar a la gente y tener un efecto en sus vidas. 

a. limitaciones en consideración al Cristiano débil 

En 1 Corintios 8-10, Pablo discute un problema que fue muy controversial y delicado en la iglesia del primer siglo, la cuestión de la carne que había sido sacrificada a los ídolos. Esa carne era esencialmente la única carne disponible en varios pueblos Greco-Romanos (excepto donde la comunidad Judía tenía sus propios procedimientos para producir carne kosher). En Hechos 15:28-29, la carta de la iglesia de Jerusalén específicamente ordena a los gentiles a “abstenerse de todo lo sacrificado a los ídolos,” también referido como “la contaminación de los ídolos” (Hechos 15:20,29). 

En 1 Corintios 8, sin embargo, Pablo claramente indica que él había enseñado a los Corintios que “los ídolos no tienen existencia real” y que “no hay sino un solo Dios” y que por tanto los ídolos paganos no podrían contaminar o bendecir nada o afectarlo en alguna manera (1 Corintios 8:4). El conocimiento de estas verdades daba poder a los Corintios de comer cualquier tipo de carne disponible, y aún unirse a los banquetes que se realizaban en diferentes salones conectados con los templos paganos de Corinto. 

Pablo afirmó las verdades que él les había enseñado y la libertad de los ídolos que éstas verdades querían expresar, pero el añadió un detalle importante. Aunque los Corintios estaban afirmando que “todos nosotros poseemos conocimiento” Pablo refutó esta afirmación: “no todos poseen éste conocimiento” (1 Corintios 8:1-7). Había evidentemente gente entre los Corintios quienes eran evidentemente nuevos Cristianos y habían crecido adorando dioses paganos y pensando de la carne como sacrificada a ellos y dedicada de manera especial a una deidad particular (1 Corintios 8:7). Esta experiencia hizo que tuvieran una “conciencia débil” en éste aspecto y particularmente vulnerable a las cuestiones de comer tal carne. Para todos aquéllos que tenían una conciencia fuerte debido a su conocimiento de Dios, tal comida era una afirmación de su libertad de los ídolos y de devoción a Dios solamente. Para la persona de conciencia débil el mismo acto producía una confusión de continuar compartiendo en el poder de la deidad pagana que ellos habían conocido toda la vida y esto les llevaba a comprometer su devoción a Dios y a Cristo. 

Estos cristianos débiles eran vulnerables a perder su devoción al Señor y el trabajo del evangelio en sus vidas podría ser dañado. Pablo usa un lenguaje fuerte para advertir del peligro: “su conciencia, siendo débil es contaminada” (1 Corintios 8:7). El habló de convertirse en “una piedra de tropiezo para el débil,” o de “herir su conciencia” y de “ser la causa de que el hermano tropiece” (1 Corintios 8:9, 12, 13). La consideración crucial era el peligro de tener en poco el propósito fundamental del evangelio: “ésta persona débil es destruida (apollytai), el hermano por quien Cristo murió” (1 Corintios 8:11). 

En tales casos, Pablo enfatizó que el principio fundamental del amor por el hermano tiene que sobrepasar toda libertad que el conocimiento de Dios le da a al Cristiano: “por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8:13). 

Otra vez en Romanos 14:13-15:7, Pablo estaba tratando con un asunto parecido en una forma genérica. Cuando el respeto mutuo y la aceptación no podrían ser suficientes para arreglar las disputas entre Cristianos, todos aquellos que eran fuertes en la fe tienen que “soportar las flaquezas de los débiles” y estar cuidadosos de no poner “tropiezo” (skandalon) al hermano” de tal manera que si alguien “es contristado por causa de la comida, ya no andas conforme al amor” (Romanos 14:13,15:1). Otra vez, Pablo afirmó el principio fundamental en mas o menos el mismo lenguaje usado en 1 Corintios 8: “No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió” (Romanos 14:15). El significado básico del mensaje de la cruz demanda que uno ponga la salvación de un hermano o hermana por encima de la libertad personal. La libertad producida por el conocimiento de Dios es importante, pero nunca tan importante como lo es la salvación del hermano por quien Cristo murió. Así que, Pablo enfatiza “no destruyas la obra de Dios por causa de la comida” (Romanos 14:20). 

En todas estas situaciones Pablo retó a todos aquellos que eran “fuertes” en fe, los cuales él consideraba que tenían la razón, a ir en contra de sus prácticas correctas a fin de salvar a los cristianos que tenían una fe “débil.” Aquí, el peligro no era que los cristianos débiles estuvieran en desacuerdo con los cristianos fuertes, o que ellos se opusieran a sus prácticas. El peligro era que ellos serían fundamentalmente dañados en su fe y su relación con Cristo sería destruida. Su salvación estaba siendo puesta en peligro, y por tanto el fuerte debería sacrificar su libertad y practicar una doctrina más correcta y madura, importante como esto era, a fin de salvar al débil. 

b. Limitaciones debido a los no cristianos 

En 1 Corintios 9, Pablo describe sus propias opciones para limitar su libertad en Cristo a causa de otra categoría de gente – aquéllos que aún no conocían a Jesús o su salvación. El tema evidentemente surgió debido a que Pablo se negó a recibir ayuda financiera de aquéllos a quienes él había predicado y enseñado el evangelio. Pablo insistió que él tenía derecho a ése sostenimiento, así como Pedro y otros líderes Cristianos lo hacían. Pero él había renunciado a ése derecho/autoridad/libertad como parte de su propio compromiso de ganar a judíos y Gentiles. Su deseo era que “predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio” (1 Corintios 9:18). Otra vez el dijo. “sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo” (1 Corintios 9:12). 

De hecho, Pablo insiste que “siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número” (1 Corintios 9:19). Pablo describe como él se sacrificó a fin de remover cualquier obstáculo posible del camino de los no cristianos. Él era muy conciente que el mensaje de la cruz era en sí mismo un obstáculo – para los Judíos ciertamente tropezadero y para los gentiles locura” (1 Corintios 1:23) – pero éste era el obstáculo de Dios y lleva con él poder salvífico y sabiduría de Dios. Pablo estaba intensamente preocupado por no añadir ningún obstáculo al evangelio de forma que esto le impidiera a la gente el oírlo claramente debido a su reacción contra el predicador o la comunidad Cristiana. Pablo dice que él concientemente se adaptó a las formas de pensar y actuar de todos aquéllos a los que él estaba tratando de alcanzar – Judíos, aquellos que estaban bajo la ley, los que estaban fuera de la ley, los débiles – “a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos” (1 Cor 9:22). Otra vez, su principio fundamental era que el propósito de la cruz de Cristo tiene que determinar sus acciones. Ese principio guió a Pablo en su toma de decisiones. 

3. Preservando la libertad en Cristo de toda una clase de cristianos 

Otra situación en la que el mismo principio fue aplicado con resultados aparentemente diferentes fue descrito por Pablo en Gálatas 2:11-21. Otra vez, el delicado tema del comer apareció. Pablo bosquejó un evento que ocurrió en la iglesia de Antioquía, una iglesia en la que había Cristianos Judíos y gentiles. Pedro había venido a Antioquía como líder de la iglesia de Jerusalén la cual era impresionantemente Judía. Debido al conocimiento que tenia Pedro y a su experiencia de Dios (por ejemplo su experiencia de que Dios acepta los gentiles en Hechos 10), Pedro comió con gentiles en Antioquía, aparentemente sin dar consideración a si la comida era Kosher, o propiamente preparada, o si había sido sacrificada a algún ídolo o algo similar. Sus acciones estaban en conformidad con las relaciones entre judíos y gentiles las cuales se habían desarrollado en Antioquía bajo el liderazgo de Pablo y Bernabé. 

Después de algún tiempo, sin embargo, una delegación de hombres Judíos-Cristianos llegó de Jerusalén. Pablo los describe como “algunos de parte de Jacobo” Jacobo, el hermano del Señor, se había vuelto líder en la iglesia de Jerusalén después de que Pedro partió. Estos hombres se opusieron fuertemente a que los judíos comieran con los gentiles (probablemente basados en mandamientos de la escritura concernientes a comida pura e impura). Pedro probablemente trató de no ofender a éstos hermanos durante su estadía en Antioquía. Desde que Pedro era Judío, Pedro dejó de comer con gentiles (probablemente en sus hogares, quizás aún incluyó la Cena del Señor) a fin de no ofender a los hermanos de Jerusalén. Si los gentiles querían ser incluidos en la comunión con los hermanos de Jerusalén, ellos evidentemente tendrían que adherirse a las regulaciones alimenticias y escrúpulos que los hermanos de Jerusalén seguían. El cuerpo entero de Judíos Cristianos de Antioquía siguió el ejemplo de Pedro, incluyendo a Bernabé – pero no incluyendo a Pablo. Todos ellos menos Pablo creyeron que ellos podrían acomodarse a los escrúpulos de los hermanos de Jerusalén, quienes les parecía ofensivo el comer con gentiles o que su comida no fuera kosher. 

A primera vista, parecería que Pedro simplemente estaba siguiendo el consejo de Pablo en 1 Corintios 8-10 y Romanos 14-15, es decir, que él no comería ciertas comidas por causa del hermano, y que él debería ser alabado por la voluntad de sacrificar su libertad a fin de mantener la unidad. Pablo vio el asunto de un modo diferente. Pablo dijo que el “le resistió cara a cara, porque era de condenar” (Gálatas 2:11). 

Dos factores hicieron de ésta situación algo diferente de las ya descritas en 1 Corintios y Romanos. Primero, los hombres de Jerusalén no eran débiles de fe o de conciencia de modo que su fe peligrara debido a las relaciones de comunión entre judíos y gentiles en Antioquía. Ellos se opusieron a la comunión. Ellos la consideraron una práctica errónea, y ellos ciertamente no participarían de ello. Pero la práctica no ponía en peligro su fe. Ellos eran bien fuertes en su fe y de hecho consideraban que su práctica era superior a la de los hermanos de Antioquía. Su objeción no provenía de un sentido de vulnerabilidad sino de una posición de juicio al condenar las prácticas inclusivas de la iglesia de Antioquía antes que ellos llegaran. 

Segundo, y lo más importante para Pablo, es que la acción de Pedro no consistió simplemente en ceder su libertad personal a causa de la conciencia de un hermano. Más bien ocasionó que toda una clase de cristianos cedieron su libertad – los gentiles en este caso. Pedro ciertamente tenía el derecho de ceder su propia libertad de acción, pero el no tenía el derecho de comprometer el significado del evangelio por otras personas. Por tanto, Pablo enfáticamente se quejó que Pedro y Bernabé estaban comprometiendo “la verdad del evangelio” (Gálatas 2:5,14). A pesar de su respeto por Pedro y por su relación tanto larga como cercana con Bernabé, Pablo sabía que algo fundamental estaba en juego. El estaba listo para enfrentar solo el juicio conjunto de los hermanos, en orden de preservar la libertad de todo un grupo de creyentes. 

Para Pablo, la verdad de la libertad dada en Cristo era muy importante: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo no hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). La libertad tiene que ser limitada si ésta es obstáculo a la salvación de alguna persona. Cada persona es libre de ceder su propia libertad por causa del evangelio. Pero nadie tiene el derecho de quitar la libertad dada por Dios a todos los Cristianos. 

La dificultad que tenemos hoy día es parecida a la que tenían en el primer siglo. Tenemos que determinar lo que está en juego en una situación dada. ¿Deberemos ceder nuestra libertad personal o más bien debemos defender con ahínco la libertad de un grupo? Las experiencias hoy ciertamente varían de una congregación a otra, pero yo creo que es claro que la iglesia como un todo debe enfáticamente promover la libertad que Cristo ha dado a todos sus seguidores, incluyendo las mujeres, para usar los dones que el Espíritu les ha dado. 

Reflexión final de cómo leer el Nuevo Testamento hoy 

Cuando en el siglo 21 en América leemos pasajes en la Biblia los cuales describen la situación de la mujer en la iglesia del primer siglo, nosotros tenemos la tendencia natural de verlas a la luz de nuestras prácticas modernas. Hoy en día muy pocas restricciones son puestas a las mujeres por la sociedad, y frecuentemente nuestra primera reacción a los ejemplos Bíblicos es el de sentir las diferencias con nuestra sociedad y asumir que la Biblia promueve la restricción a las mujeres. Desde que nosotros somos personas que honramos la Biblia como la palabra de Dios y queremos seguir sus enseñanzas, nuestra inclinación es la de asumir que éste marco de referencia restrictivo refleja la voluntad de Dios de restringir a las mujeres a ciertas actividades en esferas limitadas de actividad y expresión. A veces nosotros tendemos a creer que una de las formas en que la iglesia hoy demuestra sus valores cristianos y su separación de caminos mundanos es manteniendo en silencio y fuera de papeles de autoridad a la mujer. 

Frecuentemente nuestra falta de conocimiento del mundo antiguo hace que sea difícil oír el mensaje de la Biblia de la manera que lo oyeron aquéllos que lo recibieron primero. Pero, como hemos visto, de más nosotros aprendemos de las sociedades en las cuales la Biblia fue escrita, de más nosotros podemos ver el perfil distinto del mensaje Bíblico dentro de la sociedad alrededor de ella. Mientras más concientes nos hacemos de ése perfil, más nos damos cuenta que lo que es distintivo en el mensaje novo testamentario es precisamente el hecho de que las mujeres son valoradas al mismo nivel que los hombres. Los primeros Cristianos se dieron cuenta que las mujeres eran recipientes completos de los dones del Espíritu Santo de Dios, en la misma igualdad y proporción que los hombres, y proveyó a las mujeres con muchas más oportunidades para expresar esos dones, en comparación con las oportunidades que proveía la sociedad de sus alrededores. 

Es muy difícil para nosotros en la América moderna el imaginar lo que era normal para las mujeres del mundo Greco-Romano y Judías del primer siglo así como es difícil para nosotros hoy el imaginar la situación de la mujer en las sociedades en Arabia Saudita y Afganistán. Como hemos visto, la expectativa típica para una mujer casada respetable en las ciudades que Pablo visitó era que ella viviría su vida tan recluida de la vida pública como la familia pudiera proveer. Probablemente ella no sería capaz de leer ni escribir, y por tanto ella no tendría acceso personal al estudio de las escrituras. Ella estaba bajo la autoridad de su padre hasta que se casara, y después estaría completamente bajo la autoridad de su esposo. Su vida estaba completamente inmersa en quehaceres del hogar que eran apropiados a su estado socio-económico. No se esperaba de ella que participara en actividades públicas o de carácter político, que hablara en un foro público, o que dijera algo en algún aspecto de la vida cívica, a menos que ella tuviera bastante riqueza y alcurnia que le dieran cierta medida de libertad. Ella se vestía modestamente en toda situación pública – completamente cubierta, excepto la cara y las manos. Si ella no cumplía estas expectativas generales para una mujer casada, sus acciones podrían acarrearle vergüenza a ella, a su esposo y a toda su familia.

Obviamente, no todas las mujeres estaban en la categoría de “mujeres casadas respetables,”pero similares restricciones eran aplicadas a todas. El entendimiento de éste pasado cultural de lo que era normal y lo que se esperaba de una mujer nos provee parte del contexto para leer el Nuevo Testamento. Cuando nosotros tomamos éste conocimiento en consideración, esto puede prácticamente producir un reverso en la manera que nosotros oímos las instrucciones que nos da el Nuevo Testamente con respecto a la mujer. Si nosotros oímos el texto desde dentro de las expectativas de la sociedad moderna las instrucciones que nos da el Nuevo Testamento nos suenan bastante restrictivas. De ésta manera somos tentados a creer que ser fieles a Dios significa reforzar esas restricciones. Cuando nosotros entendemos el contexto de las sociedades antiguas, se torna bien claro que las restricciones son simplemente prácticas comunes del mundo antiguo y no son en ninguna manera un distintivo Cristiano. Como hemos visto, ellas se volvieron parte del Nuevo Testamento en situaciones donde era particularmente importante para los cristianos el ser como la sociedad a fin de no acarrear vergüenza a su comunidad. 

Lo que es maravilloso acerca de Jesús y la iglesia primitiva, sin embargo, es el hecho de que aún en medio de esa sociedad tan restrictiva, ellos encontraron medios para mostrar que el hombre y la mujer son iguales delante de la presencia de Dios y mostraron que las barreras que separaban a hombres y mujeres en ésa sociedad no eran importantes para Dios. El mensaje distintivo del evangelio conlleva la libertad y la dignidad que corresponde a cada persona – hombre o mujer, esclavo o libre – mientras que ellos reciben a Cristo Jesús y mientras el Espíritu Santo los incorpora dentro del cuerpo de creyentes con dones particulares para ser usados para el bien común. Las restricciones del Nuevo Testamento concernientes al papel público de la mujer aparecen más como concesiones a las sensibilidades de su tiempo las cuales eran hechas por causa de obtener un beneficio mayor. Ese beneficio era la necesidad de toda persona de oír el evangelio, en forma completa y no adulterada. Cuando las mujeres estaban haciendo cosas que causaban ofensa innecesaria en esa sociedad y que impedían que la gente oyera el evangelio, la importancia crucial del evangelio requería que se colocaran limitaciones en sus acciones de forma que el mensaje del evangelio pudiera ser oído. Similarmente, cuando las mujeres estaban tomando un papel de liderazgo en expandir las herejías que corrompían o adulteraban el evangelio, ellas fueron mandadas a callar. 

Detrás de éstos casos excepcionales, sin embargo, El Nuevo Testamento revela una vida comunitaria en la cual la mujer era activa en profecía, oración, trabajo duro, en actividades misioneras, enseñanza, “diaconado” o “ministros” de iglesias, corrigiendo falsa teología, siendo encarceladas por su fe, siendo benefactores de congregaciones, levantando hijos en la fe, guiando mujeres más jóvenes a desarrollar sus ministerios, siendo hogareñas, trabajando hombro a hombro con sus esposos, etc. En resumen, todo el ímpetu del Cristianismo fue el de dar mayor libertad a las mujeres (al igual que a esclavos y extranjeros) que la que ellos tenían en cualquier otra esfera pública de esa sociedad. Las restricciones que eran colocadas a las mujeres en ciertas situaciones problemáticas solamente las tiraba hacia atrás a los modelos de ésa sociedad, y ciertamente no hacia ninguna limitación que fuera de distintivo Cristiano. 

Esa sociedad antigua ha perecido, pero los escritos del Nuevo Testamento de la iglesia del primer siglo han sobrevivido. Inevitablemente, el Nuevo Testamento es leído ahora en un nuevo ambiente, mientras que el contexto en el que fue escrito es frecuentemente olvidado. Debemos ser bien agradecidos que nuestra sociedad, aún con su multitud de problemas, tiene mayor sensitividad hacia la igualdad racial y la igualdad de género, hacia los derechos civiles y educación para todas las personas que lo que tenía el antiguo imperio Romano. Es irónico de seguro, que la misma comunidad Cristiana que trajo libertad revolucionaria al imperio Romano, en nuestra sociedad baya a servir para crear una fortaleza de represión e injusticia basada en interpretaciones que alguna vez fueron hechas para los valores típicos del imperio Romano de la antigüedad. Las limitaciones impuestas a las mujeres hoy no representan obediencia a la eterna voluntad de Dios pero si a valores mal interpretados del mundo antiguo los cuales llegan a nuestro mundo moderno con resultados sumamente nefastos. 

En ese mundo antiguo, maestros cristianos como Pablo sabían que ellos se estaban esforzando en alcanzar gente pecadora y conducirlos a Cristo. Ellos tomaron en serio la necesidad de acomodar tanto como les fuera posible las formas de pensar de ésa cultura a fin de – “ser todo en todos” – de forma que mucha gente oyera el mensaje y fueran transformados por el evangelio de Jesucristo. En nuestro propio tiempo deberíamos estar siguiendo su ejemplo. Debemos tomar bien en serio las formas de pensar de nuestra sociedad. Ciertamente que no debemos imponer prejuicios del imperio Romano en la sociedad de la América moderna. Nuestra sociedad está llena de problemas y errores que necesitan ser transformados por el evangelio. Pero en el punto de la igualdad entre el hombre y la mujer, entre clases, y entre todos los grupos étnicos, nuestra sociedad ha hecho un gran progreso que está muy por encima de las sociedades de la antigua Roma y del antiguo Medio Oriente – aún sobre nuestros propios prejuicios de hace un siglo. Hoy en día podemos estar alegres ya que la igualdad delante de Dios es actualmente alentada por los valores de nuestra sociedad, al menos en un nivel muy básico. 

Si nosotros como Cristianos hoy escogemos no seguir el ejemplo de Pablo al tomar muy en serio a nuestra sociedad, si nos alineamos en contra de los pasos positivos que hemos dado de superar las barreras raciales y de género, si nosotros equiparamos la voluntad de Dios con los prejuicios de sociedades antiguas y fallamos en oír el llamado del evangelio de quebrar todo tipo de barreras, si nosotros hacemos de nuestras iglesias una fortaleza de desigualdad y exclusión que silencia los dones de la mujer, entonces nos constituimos nosotros mismos en una barrera al evangelio de Jesucristo. Nuestras prácticas contristarán el trabajo del Espíritu Santo en el seno de nuestros miembros y nos robará de las bendiciones de Dios que nosotros podríamos recibir a través de su trabajo. Nuestras prácticas comunicarán a los de afuera que nosotros creemos que de alguna manera las mujeres son inferiores a los hombres, y las personas que probablemente serían abiertas al evangelio más y más se alejaran de una realidad que nosotros reconocemos como inmoral y contraria a la realidad. 

Si, de otra manera, nosotros seguimos de manera consistente el ejemplo de Cristo y las enseñanzas de Pablo, si creemos que Dios es alguien que tiene respeto por las personas y que no desea que ninguna barrera divida a sus hijos, si dejamos que el don del Espíritu Santo dado tanto al hombre como a la mujer para ser usado al máximo potencial posible, si nosotros animamos el amor, la unidad, la igualdad, el honor mutuo, y la sumisión mutua, nosotros no solamente estaríamos imitando el ejemplo de Cristo y los primeros Cristianos, nosotros también estaremos enriqueciendo el ministerio de la iglesia y su testimonio a un mundo que desesperadamente necesita oír las buenas noticias de Jesucristo. 

Lo mismo que en tiempos antiguos, el soberano Espíritu Santo todavía reparte sus dones y “reparte a cada individuo como el quiere” (1 Corintios 12:11). Los dones que el da a las mujeres a veces es para estar calmadas, ministerios de servicio a la comunidad llevados a cabo desde la retaguardia lo mismo que ocurre a veces con los dones dados a los hombres. Pero también de la misma manera que a los hombres, esos dones del Espíritu pueden algunas veces tener la intención de edificar la comunidad a través de la oración pública, exhortación, edificación, consolación, testimonio y enseñanza. 

Es profundamente importante que nosotros, como parte de una iglesia, no seamos culpables de contristar sistemáticamente al Espíritu de Dios, y rechazar los dones que el Espíritu ha dado tanto a hombres como mujeres a través de la historia. Si lo hacemos, nosotros nos robamos a nosotros mismos de las bendiciones del Señor y dañamos nuestro testimonio a un mundo alienado de Dios. 

Es tiempo para que nosotros confiemos que el Espíritu sabe lo que está haciendo cuando el “da a cada uno individualmente como el quiere.” En vez de juzgar a las personas con crasos estereotipos o categorías – esclavo, libre, hombre, mujer – debemos preguntar como es que el Espíritu Santo ha dado sus dones a cada individuo, y debemos usar esos dones al máximo grado posible para la gloria de Dios y para edificar el cuerpo de Cristo. 

Que Dios nos ayude a todos mientras buscamos el seguir su voluntad y ser discípulos de Jesucristo. 

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